Cómo acabar de una vez por todas con la extrema derecha

 

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Desde hace meses corren rumores fundados de que círculos próximos al PSOE están financiando la extrema derecha madrileña a efectos de dividir el voto del PP. Esta estrategia ya la utilizó Miterrand en Francia y el resultado fue el que todos conocemos: 7 millones de votos para Le Pen, pero también el balance electoral con una diferencia más acusada de sufragios en la historia de las presidenciales francesas. Es decir, pocas veces o nunca un candidato a la presidencia de la República había sido vapuleado de esta forma por su adversario. Fue una evidencia de que el antifascismo funciona, puesto que el corrupto Chirac no movilizó personalmente más que una muy pequeña parte de los votos que le correspondieron. Así, lo máximo con que puede soñar la extrema derecha es protagonizar una noticia que salga en portada... como la mayor derrota política. El PSOE puede, por tanto, dormir tranquilo, pues Le Pen es un personaje de talla intelectual y política considerable si lo comparamos con elementos como Josep Anglada o los actuales “líderes” de las falanges... 

El caso es que existe un sector potencial de votantes de la extrema derecha, un voto de protesta provocado por la política de inmigración y esa corrupción que no cesa. Y el principal interesado en que dicho voto, en el supuesto de que no pueda ser retenido con guiños xenófobos como los que habitualmente teatraliza Pujol (“el pis pel moro”, el “mestissatge”, etc.) u otros líderes de la derecha burguesa, vaya a parar a la extrema derecha, es el propio sistema. Y cuanto más impresentable sea esa extrema derecha, tanto mejor para los que mandan. De esta manera, los sectores de la ciudadanía no ultraderechistas disconformes con los monstruosos errores de nuestra repugnante clase política (responsable de las repetidas masacres terroristas que el islamismo nos viene propinando sin compasión desde el año 2001), se meten en un callejón sin salida, aceptan la etiqueta de racistas y quedan así estigmatizados para ulteriores actuaciones reivindicativas. 

Ya hemos dicho muchas veces, y en todos los foros, que la existencia de una extrema derecha real, en las calles, la existencia de los skins, de las agresiones a los inmigrantes, etcétera, es vital para la clase política. Pensemos que la ideología oficial del dispositivo de poder que se instaló en el mundo al final de la segunda Guerra Mundial es el antifascismo. Esta fe pseudo religiosa se basa en afirmar que el fascismo es el mal absoluto, de manera que todos los genocidios, asesinatos, torturas y crímenes cometidos por el sistema serán siempre un mal menor frente al carácter metafísico y absolutamente satánico del fascismo. Así, una vez identificado el “demonio”, el resto de los males pasan a ser relativos

Pero la pasión antifascista cansa, ha de mantenerse viva, y para ello no bastan las películas, los libros, la música y toda la simbología transgresiva de los “rebeldes” financiados por las editoriales y las casas discográficas. Hace falta la existencia real de idiotas identificables que quieran ser y sentirse fascistas, además de actuar tal como la prensa y los “intelectuales” esperan de ellos. El sistema los ha fabricado de manera harto ingeniosa, a saber, a través de la propia ideología de la transgresión, que convierte en cosa cool el acto de colgarse una esvástica y agredir a un inmigrante. Este tipo de hazañas, en efecto, ¿no suponen un desafío abierto al sistema? Así rebuznan los indocumentados filosóficos. Los skins ya no son hijos de militares facciosos, se reclutan más bien en el universo contracultural, donde de lo que se trata, desde mayo de 1968, es de pisotear cualquier tipo de norma racional, por ejemplo, -¿por qué no?- los derechos humanos. Así, el sistema lo tiene fácil. Queman un asilo de refugiados y los medios de comunicación se encargan de difundirlo en la hora punta del telediario. El sistema se frota las manos de satisfacción, feliz de tener a su servicio unos imbéciles que les hacen el trabajo sucio sin cobrar y encima van a la cárcel orgullosos de haber luchado  “por la raza aria”.   

En definitiva, ultraderechista equivale a cretino, pero si después de una de estas “heroicidades” indignas de cualquier concepto de honor uno se va a la sede de un partido burgués para que le paguen por la faena y se mete el dinero en el bolsillo, y ese bolsillo es casualmente el de una camisa azul mahón, entonces además de cretino e idiota se alcanza la categoría de auténtico canalla integral. Tal es la extrema derecha. ¿Empezamos a reflexionar?  

La extrema derecha en las prisiones 

En las prisiones tenemos el mismo tipo de extrema derecha que hace el trabajo sucio del sistema. Los políticos saben que la rehabilitación de los reclusos no puede funcionar si no se realizan enormes inversiones que, sinceramente, no están dispuestos a hacer. Dichas inversiones irían a parar sobretodo a pagar personal cualificado, cosa que no luce. Sale más a cuenta contratar repartidores de pizzas y encima proponer, como hizo la señora Núria de Gispert, una rebaja del nivel académico exigido para trabajar en interior. Es más fácil, asimismo, construir grandes infraestructuras, algo “real” susceptible de ser fotografiado y que da lugar a celebraciones, artículos de prensa y noticias en TV3. En Cataluña, la Generalitat convergente llegó a tal nivel de desidia y desparpajo que ni siquiera construyó prisiones para no perder el voto rural del que se nutre el pujolismo...  

En definitiva, la rehabilitación fracasa y entonces es necesario encontrar un culpable. Los responsables no pueden ser los cerdos con corbata. Ha de pringar el que está en el extremo inferior de la cadena, el que se patea los patios y se pasa el día comiendo mierda. Y si se trata de funcionarios que se han identificado públicamente con la mano dura y posturas ultraderechistas, tanto mejor. Así es aun más fácil. Es casi una felicidad tener funcionarios de esta calaña. Además, puede resultar muy conveniente promover sindicatos que instiguen determinadas ideologías ultraderechistas, de manera que el personal de vigilancia vaya adoptando posturas cada vez más obscenas e impresentables ante la sociedad. Si esto da lugar a casos de malos tratos, pueden pasar dos cosas: 1) el corporativismo canallesco inherente a las doctrinas de mano dura se encarga de perseguir y castigar a los funcionarios que osen firmar denuncias por torturas, con esto los políticos se aseguran que la ley del silencio aplicada por los propios carceleros no les lleve a ellos, respetables electos, a ensuciarse las manos en el peligroso negocio de amordazar a los funcionarios legales; 2) los malos tratos llegan a la opinión pública a pesar de todas las presiones y extorsiones ejercidas sobre los denunciantes, pero entonces el gabinete de prensa de turno afirma sin enrojecer de vergüenza  que ello se debe a que existe un personal de vigilancia “poco sensibilizado” con la rehabilitación. En definitiva, los políticos salen siempre indemnes y los sindicalistas encargados de la marranada reciben su recompensa a base de cargos y promociones, aunque sea a costa de ensuciar a todo el colectivo.  

Por una nueva crítica 

La crítica no puede consistir ya en la repetición sonambulesca de los viejos tópicos antifascistas. El antifascismo ha asesinado 100 millones de personas y ha demostrado hasta la saciedad su naturaleza intrínsecamente criminal: Kolyma, Dresde, Hiroshima... Pero esto no significa que el fascismo sea “bueno”. La historia no es una película de buenos y malos, sino un enfrentamiento real entre lo malo y... lo peor. No existe crítica decente que no sea al mismo tiempo un desenmascaramiento simultáneo del antifascismo y de la extrema derecha, porque la extrema derecha, a estas alturas, representa sólo la teatralización política de Hollywood y, por lo tanto, un elemento del propio dispositivo antifascista.  

25 de agosto de 2005