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«Seres humanos, no animales». Amnistía Internacional
presenta en España una campaña sobre la crisis penitenciaria de Brasil
Cometimos un delito y ahora estamos pagando nuestra deuda con la sociedad. Pero
nadie merece ser tratado así, como animales. Palabras de un preso brasileño.
Los presuntos delincuentes detenidos y los presos son las víctimas olvidadas de las
violaciones de derechos humanos en Brasil. Hacinados en celdas oscuras, sin ventilación e
infectadas de plagas, los reclusos están expuestos a contraer enfermedades mortales y
viven con el temor constante de ser atacados por otro de los reclusos o de que los
funcionarios de la prisión o la policía les peguen o los torturen.
Así lo afirma el informe «Aquí nadie duerme tranquilo». Violaciones de derechos
humanos contra presos, que es el resultado de dos años de investigación de Amnistía
Internacional y retrata un sistema penitenciario en crisis, y con el que Amnistía
Internacional inició el pasado mes de julio una campaña que hoy se presenta en España.
La organización pide a las autoridades de España y de la Unión Europea que presten el
mayor apoyo posible a las acciones emprendidas para intentar solucionar la grave
situación que padecen decenas de miles de personas en los centros de detención de
Brasil.
«Escondidos de todas las miradas, encerrados tras las paredes de una prisión o de una
comisaría de policía, estos seres humanos también están ausentes de la conciencia del
público, y el desdén que muchos miembros de la sociedad brasileña expresan por los
delincuentes y los presuntos delincuentes sirve como justificación para tratarlos con la
más atroz brutalidad», ha declarado Julia Rochester, responsable internacional de la
campaña.
La legislación brasileña establece amplias garantías para la protección de los
derechos humanos, y los derechos de los detenidos en particular se consagran en la
constitución de Brasil. El problema para estas personas no es la calidad de la
legislación escrita, sino una perniciosa combinación de corrupción, falta de formación
profesional de los guardias de prisiones y falta de normativas oficiales y de vigilancia
eficaz de estos abusos. Esta combinación de elementos ayuda a fomentar la impunidad.
«No tendría por qué ser así», ha subrayado Julia Rochester. «Varias prisiones de
tamaño más reducido han demostrado que es posible lograr una administración de los
centros penitenciarios basada en la rehabilitación de los delincuentes y en el respeto a
los derechos humanos fundamentales, aunque los recursos sean limitados.»
«Hemos visitados centros penitenciarios donde se ha hecho un esfuerzo por proteger la
relación de los presos con sus familias, por introducir programas de trabajo y
rehabilitación y por proporcionar una atención sanitaria adecuada. A pesar de haber
tenido que enfrentarse con unas condiciones que distan mucho de ser óptimas, estos
centros nos enseñan que una buena administración de la prisión tiene una influencia
innegable en reducir la tensión y la violencia.»
«Hacer de las prisiones un lugar seguro para todos los que en ellas viven y trabajan es
uno de los métodos más efectivos para garantizar los derechos humanos durante la
detención. Con voluntad política, pueden lograrse mejoras con recursos limitados», ha
afirmado Rochester.
El contraste entre la mayoría de las prisiones y estos centros es asombroso. En Brasil
hay actualmente unos 170.000 presos repartidos por más de quinientas prisiones, miles de
comisarías y cárceles municipales. Cada año se producen decenas de muertes como
resultado de la violencia de la policía y de los funcionarios de prisiones, de la falta
de atención médica y de la falta de previsión por parte de las autoridades de las
situaciones de violencia entre presos. La gran mayoría de estas muertes bajo custodia no
se investigan ni se documentan.
En las comisarías brasileñas está muy extendida la tortura como método para extraer
confesiones. Las palizas y la intimidación también son métodos empleados en las
prisiones y comisarías de policía para controlar a los detenidos, cuyo número crece sin
cesar. Todas las semanas se producen
motines e incidentes de violencia que indican que las autoridades están perdiendo el
control de ciertos establecimientos.
Las celdas de muchas prisiones y comisarías brasileñas están extremadamente
superpobladas e infestadas de plagas. Los presos no tienen espacio para hacer ejercicio, o
el que tienen es muy reducido. Las instalaciones sanitarias son muy deficientes y
constituyen un riesgo para la salud, con retretes atascados y desagües rotos. En la
comisaría de Cariacica (Espirito Santo), se hacinaban 92 hombres en una única zona de
detención que tan sólo disponía de dos aseos y 16 literas.
La congestión de las deterioradas cárceles br asileñas supone que miles de presos
preventivos y penados están en calabozos de comisarías de la policía civil, donde se
producen algunos de los casos más graves de palizas y torturas. Según un alto cargo del
gobierno, «las cárceles son el purgatorio, pero las comisarías son el infierno».
La humillación y la tortura forman parte de la vida cotidiana. Por ejemplo, los detenidos
en los distritos de la policía civil de Belo Horizonte son obligados a apiñarse desnudos
en un patio mientras registran
sus celdas y luego los agentes los riegan con una manguera desde el tejado. Asimismo, se
ha habilitado una habitación especial para torturar a los presos.
En respuesta a la crisis de las prisiones, Brasil se ha embarcado en un gran programa de
construcciones para reducir el hacinamiento, pero exportando los fallos estructurales y el
desprecio sistemático de los derechos humanos a las nuevas instalaciones, donde ya están
estallando motines y brotes de violencia.
El informe de Amnistía Internacional ofrece varias recomendaciones de reforma en ocho
áreas clave que podrían ajustar el sistema penal brasileño a las normas
internacionales. Estas recomendaciones, algunas de las cuales podrían aplicarse
fácilmente con poco o ningún coste, consisten en procedimientos eficaces de inspección
y presentación de denuncias, formación adecuada y directrices normativas claras.
«Cuando los presos pierden el derecho a la libertad, no pierden sus derechos humanos
fundamentales. Las autoridades brasileñas tienen la obligación de garantizar que estos
derechos se respetan plenamente», ha concluido Rochester.
Para más información pueden llamar al teléfono 91 310 12 77 (extensión 25). Pueden
consultar más información en las páginas web de la campaña y de la Editorial de
Amnistía Internacional (EDAI).
Comunicados de 1999
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