Sonia Sierra
 
Martes, 24 de junio de 2014 - 11:39 

El 4 de febrero de 2006 se produjo el desalojo de una casa okupa y el resultado fue realmente trágico: uno de los agentes recibió un golpe en la cabeza y quedó en estado vegetativo; varios jóvenes resultaron encarcelados y una de ellos, Patricia Heras, acabó suicidándose. Patricia, una joven madrileña, decidió salir aquella noche con su amigo Alfonso y se cayeron de la bicicleta. Fueron al Hospital del Mar y allí coincidieron con la Guardia Urbana y los detuvo como causantes de los altercados pese a que jamás habían estado en esa fiesta. ¿Qué hacía allí la Guardia Urbana? Habían llevado a curar a otros detenidos. Resulta estremecedor saber que en Barcelona alguien acaba en un hospital tras un interrogatorio. Estremecimiento. Esa es la sensación que tuve durante las dos horas que dura la película Ciutat morta.

Se intenta explicar al público lo que es realmente inexplicable en un Estado de Derecho: unos jóvenes son detenidos y torturados en una comisaria de Barcelona por un delito que no han cometido y dos de ellos ni tan siquiera han estado en el lugar de los hechos

Yo seguía los pasos de uno de los directores, Xavier Artigas, desde su excelente [NO-RES] (Premio Mejor Documental DocumentaMadrid 2012) que ahora se supera junto a Xapo Ortega en este nuevo film que ya se ha alzado con la Mención Honorífica MiradasDoc 2013 (Tenerife) y la Biznaga de Plata al Mejor Documental Festival de Málaga 2014. Ambos forman Metromuster, cuyo objetivo no es hacer cine político sino hacer política a través del cine. Así, ambas películas, pese a sus diferencias temáticas, tienen en común el cuestionamiento del modelo de ciudad y la vacuidad de la gestión del PSC durante su mandato en el Ayuntamiento (no res, nada de nada). No se trata, sin embargo, de la crítica a un partido concreto sino a una manera de entender la política alejada de los intereses y el bienestar de los ciudadanos. Especialmente demoledoras resultan las imágenes de Rafael Ribó y Núria de Gispert riéndose durante la entrega de un documento sobre las torturas realizadas en Cataluña. Y lo muestran así, con imágenes que hablan por sí solas, sin caer en el panfleto ni en la consigna fácil.

La película consta de una serie de entrevistas así como de imágenes tomadas de los telediarios con algunas explicaciones sobreimpresas sobre un mapa de la ciudad para poder entender el desarrollo cronológico de los hechos, hechos para los que debería crearse un nuevo adjetivo porque "kafkiano", "rocambolesco", "surrealista" o "esperpéntico", por citar alguno, se quedan bastante cortos. A partir de la ingente labor de documentación de los periodistas de La Directa, en esta película se intenta explicar al público lo que es realmente inexplicable en un Estado de Derecho: unos jóvenes son detenidos y torturados en una comisaria de Barcelona por un delito que no han cometido y dos de ellos ni tan siquiera han estado en el lugar de los hechos.

Según la versión de los guardias urbanos Víctor Bayona y Bakari Samyang, un grupo de "estética okupa y antisistema" liderado por el chileno Rodrigo Lanzas iba a provocar daños de manera premeditada. A Patricia, chica muy delgada, se la acusa, por ejemplo, de lanzar una valla algo difícil de creer por su complexión. Rodrigo fue, según ellos, el que lanzó la piedra letal pese a que J.L. Rodríguez Mayorga, doctor en Medicina y Cirugía, especialista en Medicina Legal y Forense y profesor de la UB así como su equipo dictaminaron que era imposible que el daño fuera causado de la manera que explican los guardias. Parece ser que la causa más probable es el impacto de algún artefacto –posiblemente una maceta- lanzado desde arriba, que es la primera explicación que dio el entonces alcalde Joan Clos según el informe que se supone que escribió Víctor Gibanel (Responsable de Información de la Guardia Urbana) aunque fue descartado en el juicio por la instrucción de la juez Carmen García Martínez (Juzgado Instrucción 18 Barcelona).

La alteridad es difícil de digerir por según qué estamentos de la sociedad. Los detenidos son percibidos como la suciedad, así que retirarlos de la circulación es un asunto de orden higiénico

Todas las evidencias están en contra de lo que afirman los guardias urbanos y, sin embargo, su testimonio es el único que se tiene en cuenta para dictar sentencia. Bien, es la palabra de unos garantes del orden y la seguridad frente a unos "antisistema", se puede pensar. Pero ahora sabemos de forma cierta que estos dos agentes han mentido, torturado e inventado pruebas. Jesús Rodríguez, periodista de La Directa les seguía la pista desde el caso 4F y descubrió que eran los mismos que habían torturado a Yuri Sarran y lo habían acusado de traficante de droga. Pero esta vez tuvieron la mala suerte de que se tratara del hijo del cónsul de Trinidad Tobago en Noruega y no un inmigrante negro pobre

Y es que en los dos casos que están relacionados estos agentes resulta muy evidente el racismo así como la falta de aceptación de la alteridad. De los cinco encarcelados, tres eran nacidos en el continente americano y según cuentan, alusiones como "sudaca de mierda" fueron frecuentes durante las torturas. Además, son constantes las referencias a su estética "okupa" o "antisistema". A Patricia dicen reconocerla por su peinado, que recrea cuadrados, inspirado en Cyndi Lauper. Le molestaba que la consideraran una antisistema y que dijeran que ese era su aspecto, porque ella no era ninguna antisistema y, además, cuidaba mucho su estética. Ella y Alfonso, homosexuales. Y cobra aquí todo el sentido el término queer cuando se acuñó: queer, bollera, lejos de la imagen del homosexual respetable que se convierte en un buen target para la sociedad de consumo. Sudacas, antisistemas, tortilleras, maricones, epítetos denigrantes que deshumanizan, que anteponen la marca a la persona. La alteridad difícil de digerir por según qué estamentos de la sociedad y que sirven como coartada para encubrir una trama de corrupción institucional, judicial y policial. Como dice el profesor de Antropología de la UB Manuel Delgado durante una de las entrevistas de la película, los detenidos son percibidos como la suciedad, así que retirarlos de la circulación es un asunto de orden higiénico. Mientras, los dos policías municipales cuyas torturas quedaron probadas, han logrado burlar su entrada en la cárcel y esperan en sus casas el más que probable indulto.