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Toda prudencia es poca a la hora de analizar las discrepancias que
ostensiblemente mantienen los representantes sindicales de los funcionarios de
prisiones con la Conselleria de Justícia de la Generalitat. El informe sobre
presuntos malos tratos en la cárcel de Quatre Camins ha causado un importante
desencuentro que hay que resolver antes de que vaya a más. Obviamente, ninguna
ilegalidad debe ser condonada, pero, como mínimo, hay que conceder a los
funcionarios el beneficio de la duda y, por supuesto, la presunción de
inocencia.
Es de una apabullante obviedad, pero conviene recordar que estamos ante un
colectivo profesional cuyo simple y cotidiano cometido laboral entraña un alto
riesgo físico, al menos desde el punto de vista teórico. Aunque,
afortunadamente, dicho riesgo no se materializa de una forma desproporcionada
en ataques o agresiones, el estrés y la tensión a la que están sometidos
desafía la imaginación.
Por otra parte, los funcionarios de prisiones también son víctimas de un
sistema penitenciario en el que el teórico objetivo de la reinserción social
del recluso queda frecuentemente desvirtuado por patologías prácticamente
irreversibles, por la insuficiencia de medios humanos o materiales y porque,
inevitablemente y en un espacio de tales características, la seguridad y el
orden deben primar sobre otras consideraciones. Como ha señalado el conseller
de Justícia, Josep Maria Vallès, las conductas aisladas no pueden cuestionar a
todo un colectivo de funcionarios, pero es preocupante que una parte de ellos
tenga la impresión, fundada o no, de que se están vulnerando sus derechos. |