EL PERIÓDICO, 5/11/2004
Reclusos asesinos
JAUME FARRERONS
BARCELONA
Al margen de cuáles sean las causas que explican en caso de las policías asesinadas o el de Brito-Picatoste, deberíamos plantearnos por qué un delincuente entra en la cárcel como ladrón o violador y sale convertido en un asesino. Las palizas, las humillaciones, los insultos, las actitudes prepotentes de los carceleros (digo carceleros y no funcionarios de prisiones), que en algunos internos sólo generan rencor, pueden desencadenar otros efectos en personas déficits más graves. Y no sólo los presos son víctimas. Los pocos funcionarios indecisos a la hora de practicar o encubrir los abusos son también sancionados con la marginación, acoso laboral... No propongo acusar al personal de tratamiento que valora la idoneidad de los permisos, ni a los funcionarios, que suelen cumplir con la legalidad, sino a unos carceleros, pocos, que estafan al contribuyente apelando a la mano dura como forma de cultura profesional. Que maltratan de forma sistemática destruyendo el trabajo de los especialistas. El único funcionario catalán que rompió la ley del silencio corporativa y denunció una paliza a un preso abandonó la institución tras 10 años de acoso laboral. La mano dura en las prisiones, que triunfó con Núria de Gispert, la paga la sociedad, porque los reclusos acaban saliendo a la calle. En 1999 avisé de lo que sucedería si la metástasis corporativa no era extirpada. En lugar de ello, el corporativismo ha sido encubierto por jueces, políticos, sindicalistas y medios de comunicación. Ahora tenemos las consecuencias.